lunes 4 de agosto de 2008

Tentación en cuatro... ruedas

Es oficial: detesto Caracas. La gente cuadrada y absurda me enferma, el escanear personas interesantes a cada sitio que voy resulta angustiante y exhaustivo. Sin embargo, amo ciertas cosas, pocas en realidad. ¿Algo que deteste más que Caracas? Manejar, sin duda... y si juntas esos dos factores, es decir, Caracas y manejar, los resultados no son muy alentadores.

Por eso, de vez en cuando, opto los servicios de trabajadores del volante. Los taxistas caraqueños son personajes sumamente amables (no todos), conocedores, urbanistas, puedes tener por seguro que, si resultas ganador en la lotería del transporte pago unigénito, podrás obtener desde buenas historias hasta un caramelo u chocolate. Todo depende.

En una de esas noches de rumba infitiva y autodestructiva, hace más o menos un año, me topé con un tipo de unos 28 años, alto, blanco bronceado, delgado sí, pero de un físico precioso, parecía griego, no sé: "Épale pana, para dónde vas... ¿Te llevo?". Sobresalto. Por un momento pensé que era alguien tratando de coquetear conmigo ¿Podría ser? Luego vino lo lógico... un ladrón. Ay, pero con ladrones así provoca, hahaha.

Luego de hacer algunas preguntas dejé que el tipo me llevara. Y sí, era una taxista, de una especie diferente. Después de mucho conversar (algunas partes no las recuerdo bien) llegué a mi destino, la pagué y, desafortunadamente llegó el final nuestro recorrido nocturno... al menos por ese día.

A la semana siguiente salí del Tolón, había ido en carro pero, de tanto tomar, no creí aconsejable irme a casa manejando... digo, estaba en plan accident-waiting-to-happen, por tal motivo decidí bajar y tomar un taxi hasta mi hogar. ¿Mi sorpresa? El mismo taxista que me había llevado la semana anterior. Al verme dejó ver una sonrisa pícara, casi macabra, maquiavélica, alcanzó a decir: "Épale chamo... ¿vas a tu casa?", "Sí - le contesté-, voy a casa, traje el carro pero así no puedo manejar". "Tranquilo vale, yo te llevo, móntate", dijo el señor chofer.

Aún en mi estado alcancé a tener una conversación amena con el tipo, tanto así que me dijo su nombre: Costas. Sus historias me hicieron reír mucho y debo confesar que por algún motivo el trayecto a casa se hizo algo más largo que de costumbre, ¿por lo entretenido? No lo sé. Muy gracioso, amable, buen conversador y encima bello... ¿Qué más se puede pedir de un acompañante?

Varias han sido las veces que hemos coincidido en sitios, ambos en plan de fiesta. Pocas han sido las ocasiones que que requerido de sus servicios y no ha podido, incluso, en cierta oportunidad fue a buscarme al CSI en un cuadro gripal severo, habiendo salido de su casa mientras descansaba. En esa oportunidad me confundí mucho, pues no pude evitar pensar: ¿Será que Costas me está enviando señales y no me estoy dando cuenta?

Tanto ha aumentado nuestro nivel de confianza que en varias ocasiones me ha contado algunas de sus intimidades, las mujeres con las que ha estado... todo con lujo de detalle. Se podrán imaginar lo incómodo que puede llegar a ser tal situación. Pero bueno, todo sea por escuchar a semejante prospecto. La tarea era fácil: simplemente asentir con la cabeza, de vez en cuando emitir un gesto de asombro y manifestar alguna risa o comentario hilarante.

Nos hemos hecho tan amigos que en cierta ocasión me tocó ser su salvador, es decir, Costas, en su alto estado etílico solicitó mi ayuda. Obvio, como persona altruista y paladín de aquellos que se encuentran en desgracia, no podía dejar a mi taxista a la intemperie, propiciando que saliera al día siguiente en alguna página de sucesos. Jamás.

El grado de amistad, confianza y complicidad ha aumentado mucho desde febrero hacia acá. He requerido en muchas ocasiones de sus servicios y ha respondido con suma rapidez y eficiencia, para colmo, debo confesar que me encanta ese aire tosco que posee, así, tipo diamante en bruto.

Hace tres meses (aproximadamente), claramente abatido por el desamor y (supuestamente) harto de las mujeres, dejó ver que quería probar nuevas opciones, abrirse nuevos caminos, por lo que no descartaba probar el sexo con otros hombres. Claramente vi la oportunidad de decirle que, efectivamente, tenía cierto conocimiento de tal práctica y que no era nada complicado, al contrario, tal actividad dejaba muchas satisfacciones. Se mostró interesado, algo confundido y pensativo, pero interesado. Luego de llevarme a casa nos dimos la mano aquella noche pero esta vez fue diferente, su mirada (seguida de un escrutinio sumamente libidinoso) me puso nervioso. Sí, Tokio se había puesto nervioso por la mirada de aquel personaje... no parecen cosas mías.

Creo que me falta mencionar algo... un pequeño elemento que surgió desde aquella ocasión, de aquella mirada: su alto grado de morbosidad. Hace como un mes, al recogerme de la oficina, estábamos en una cola de esas infernales que se forman entre las 6:30 y las 7 PM. Mientras esperábamos Costas se estiró en el auto, al subirse su franela dejó ver un caminito de vellos ligeramente crecidos en su abdomen. Estaba en peligro y siendo tentado. Al darse cuenta y al ver mi nerviosismo empezó a tocarse la entrepierna, rascándose, manoseando su pantalón. Acto seguido abrió la boca y dijo: "Ver... Tokio, me pica mucho el 'amigo'... ¿será que me lo rascas?... ¿Con la boca?" Mi nivel de asombro se había elevado al máximo. Él, al ver tal cosa, enseguida se puso a reír y dijo: "Ahhhhh, te asustaste... tranquilo vale, es broma".

Broma o no, desde aquella ocasión Costas me ha provocado de las formas más ingeniosas y perversas. Sonríe, deja ver partes de su cuerpo, se burla, tienta... sabe lo que tiene y no duda en usarlo. Y yo, Tokio, huyo siempre por el flanco que esté más próximo, precísamente, por aquello que dice: "... no nos dejes caer en la tentación". Costas es precísamente eso... tentación... de esa en la que provoca caer, sin pensar mucho.


Tokio


* Los nombres de este relato fueron modificados para proteger la identidad de los protagonistas.


6 Han visitado Tokio:

Luchi*cha dijo...

Hahahahaha... Oh my Gosh!!! hahahahahaha... can't stop laughing down on the floor hahahahaha... "¿Me lo quieres rascar... con la boca?" hahahaha... Es que eso sólo lo puede decir alguien venezolano, o al menos que le aporte el saborcito (y vaya que se pasó de guarro).

Ay David (el sí se llama así) siempre me buscaba en la uni, cuando estudiaba de noche... Era tan lindo que no me importaba que tuviese hijo y estuviese casado.. y nada más tenía 22 años.

Nunca más supe de él, porque su carro lo metió a arreglar y yo conseguí que mi mamá u otras personas me hicieran la carrera hehehe... El sábado lo vi con su familia en un centro comercial y me vino a la mente todo lo que pude pensar aquellos días en que los 45 minutos de trayecto se convertían en los más agradables del día.

HAHAHAHHAHAHAHAHAHHAHAHAHAHAHAHA... Sigo riendome de la pregunta... hahahahahahhahahahaha...

Ya!

XO

Luchi*cha

E.S.Kinny dijo...

una historia muy sexy sin nada morboso BRAVO...
ya veo porque tienes seguidores

Israel Abraham dijo...

1) Los motorizados (son una plaga)
2) Dude! desarrollate una novela con ese argumento esta mas bueno e interesante jajaja!

Saludos!

Reina dijo...

JAJAJAJAAJA ok me gustó la historia, me dio risa, no puedo negarlo peeero... me dejó pensando... será que todos los hombres tienen algo de gays?

No se, estoy confundida.

Juaи + dijo...

hahahaha
que risa

me lo puedes rascar con la boca?

es que yo estoy seguro que solo a ti te pasan esas cosas!

las veces que mi edo de ebriedad amerita que tome un taxi siempre me tocan mujeresy la verdad no son tan interesantes como uno se podria imaginar!

Anónimo dijo...

Mijo dame el número de ese taxi; muy buena historia